Karoo Teatro

Teatro de cicatrices. Habitado por personajes que se esfuerzan por vivir para taparlas

La manada

El proceso de nacimiento de La manada estuvo acompañado de las instantáneas y los versos de Carmen Garrido, quien construyó un imaginario propio en torno a los habitantes de Karoo Plaas.

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Ella se reconoce como ser vivo por la crecida de las uñas,
por la subida del abdomen y su descanso, porque los ojos se abren al borgoña del amanecer.
Aparte de eso, sólo quiere borrarse su número de serie.
Y si Dios fuera piadoso, exterminaría las púas del alambre, las espinas de la corona, las continuas plagas de langostas.
Y la imposibilidad de la lágrima.

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Se sabía de memoria las llagas del haza, auscultaba cada grieta en busca del manantial que jamás vio brotar la tierra. Contemplaba cómo caía sobre los terrones deshechos la sangre suya de cada mes,
lo único fértil que preñaba los allozos,
la lavanda seca de la madre muerta,
el mantillo rojo que, desde el zaguán, espantaba los males y la sequía.
Miraba un palmo bajo el horizonte.
Y allí, la planicie gris bajo la señal de las medias,
secarral que cubría en luna llena de romero,
hueco donde la semilla se encerraba, tozuda y depresiva,
hornacina con sonido de agua
resbalada sobre la simiente de aquel que por las madrugadas le hacía levantar los ojos.
Hacia el techo oscuro,
endurecido de golondrinas,
sanguinolento, negro de aleteo.
Tan parecido el cielo conyugal
al infierno de su tierra.
Seca, ofendida, vientre duro.
Compañera de bieldo de la no madre.

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Cuando lo único que te rodea son los agujeros del pasado
y la sequía más atroz que el desierto de Karoo recuerde,
la sed de la carne
se despertará.
Y sólo el roce de la piel con la piel
calmará, entonces,
a los habitantes de esta grieta.

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Siempre nuestra piel, nuestra mente, ajenas, laberintos privados.
Aunque se acerque vuestra mano,
vuestro aliento.
El vientre.
El vientre de la mujer guarda mucho más que el futuro.
Lugar de batallas que sólo nuestros ojos leen.
El diario más íntimo,
la tierna carne que lucha y se sobrecoge, la fuerza, el fuego.
El aire que hace volar la manada.
El huracán, la lluvia caladera.
El rayo que precede a la tormenta nace de este lugar. No lo olvidéis. Temedlo.
Es el centro mismo del mundo.

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Sólo los dedos femeninos podían introducirse en aquella madeja,
que sabía a almazara y a marmita,
que se convertía en reguera cuando un índice y un anular -sin anillo- se introducían en sus recovecos. Los dedos caminaban sin guía, cerca, casi palpando el lugar de los secretos, de las ciénagas donde hundieron la propia sangre. Cerca de las serpientes del maizal, exhaustas, casi sin piel tras tanta noche de insomnio.

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Recuerda, hombre: quien nace con plumón no tiene otro remedio que vivir en las corrientes del aire.

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Helen. Andries. Vera.
Tres seres arañándose las cicatrices en pleno desierto de Karoo, infinito secarral sudafricano.
Una granja, una matriarca que ponía coto a las dunas mediante la sangre. Un patriarca bóer que rezaba a Dios y a las balas. Ovejas asesinadas por la sequía y unos personajes que abren las heridas ajenas con tal de mentir a las propias.

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