Karoo Teatro

Teatro de cicatrices. Habitado por personajes que se esfuerzan por vivir para taparlas

Déjame ser la sombra de tu perro

El proceso de nacimiento de Déjame ser la sombra de tu perro estuvo acompañado de las instantáneas y los versos de Carmen Garrido, quien construyó un imaginario propio en torno a los habitantes del edificio.

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Once upon a time, mis queridos niños

Al principio fue el miedo.
No como algo primitivo o salvaje, materia prima que anida en todo ser humano, lo salva, lo defiende en medio del manglar.

No éramos el antílope en la sabana.

Éramos los hombres y mujeres dotados por el tatuaje del pánico: encogido en el estómago, efervescente de bilis, enmarañado de recuerdos, tenia que se desplaza a su antojo por miembros y cerebro.

El miedo fue nuestra primera sombra, milagro fácil de la predisposición genética, las alma mater, las demandas sociales, las expectativas patriarcales, los traumas contra la inocencia. Esa sombra nos sigue y se convierte en la segunda piel. Nos lamemos y sabemos a miedo.

Pero actuamos. Todo el tiempo actuamos y escondemos nuestras debilidades, buscando escondrijos donde la sombra no podrá alcanzarnos. Brindamos por el Año Nuevo con la leve esperanza de que no estará. Pero el cirio vuelve a encenderse para que la sombra exista. Sin trauma no hay miedo. Y el trauma es el único dios al que servimos. Día y noche.
Aunque nos embride el Veuve Cliquot, la cocaína, el formol, el Lexatín, el rosario, el amor.

Respiramos miedo. Y venimos aquí a demostrarlo.
Y a demostrarte que tu teatro es igual de parecido al nuestro: también usas máscaras para no descubrirte.

El Apocalipsis también es el miedo.

Bienvenido a nuestro cabaret.

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Y, sin embargo, te quiero

Edúcame para que te quiera, podría ser el título de la existencia de cada uno de nosotros.

Edúcame para que te quiera o… Edúcame para que nunca pueda prescindir de ti. Edúcame para que mis consignas vitales sean las dadas a través de tus ojos.

Edúcame para que seas mi modelo: mi Agamenón y yo tu Electra; mi Führer y yo tu Eva; mi Bernarda y yo tu Angustias; mi Mario y yo tu Carmen; mi don Juan y yo tu doña Inés; mi Rodin y yo tu Camille.

Algún día, próximo a mi nacimiento, decidiste que tus ramas traspasarían mi piel y te enraizarías en mí anegando cada arteria que irrigara mi cerebro. Lo que tu eras, yo seré. Nosotros deambularemos con físicos distintos, pero, en el fondo, seremos la copia de vuestra anatomía porque concluisteis, en vuestra egolatría, que erais los mejores y que los hijos de los mejores deben ser sus calcos. Desde aquel día inoculasteis vuestros principios, valores, acciones, pasados y defensas en nosotros y los mamamos, los succionamos con la avidez de quien se cree a salvo. Y la sangre se nos llenó de glóbulos blancos. Y de biografías extrañas a nuestro ser.

El problema, el gran problema apareció aquella mañana en que nos dimos cuenta de que, al mirarnos al espejo, no veíamos nuestra imagen, sino la vuestra. Vosotros y vuestros algodones, trueques repletos de exigencias. Y ese día concluimos que algo iba mal. Apenas un gusto diferente, unas ganas incipientes de deciros “no”. Una negación pequeña y sutil.

Ahí empezó la guerra. Nuestro “no” y vuestro “las cosas son así”.

Pero después comenzó otra batalla: la que libramos dentro de nosotros, a solas. Cuando nos crecen las alas de la libertad, el deseo de huir, de hacer y deshacer nuestro ovillo y aparece el miedo. El miedo a vuestra mirada, a vuestros silencios, a vuestra amargura, a vuestra culpa.

Nosotros libramos dos guerras. Bajo el peso del desamor. Porque el miedo es inevitable, pero también ese olor en el aire que nos dice que sin vosotros nuestra existencia es carne de matadero.

Alguien diría que somos héroes. No. Nosotros tan sólo sobrevivimos.

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Ilustración de Sunga Park

Amo tu cama (¿rica?) I

 

Leonora

Telas de Gastón&Daniela las de su dosel, recogidas delicadamente en cuatro amarres a cuatro postes antiguos, siglo XVIII, traídos de la villa de San Sebastián. Morado y oro es lo que ven sus ojos. Sábanas de algodón egipcio es lo que toca su piel. Y ese leve perfume de jazmín de las velas de Jo Malone, que ella asocia a los veranos, cuando las flores no venían enlatadas sino que eran palpable realidad. Dobla la cabeza siempre hacia la derecha y allí la mira, la madre siempre ausente, hueso ya espolvoreado. Marco de plata al lado de una zapatilla de ballet donde ella deja la sortija de compromiso, los pendientes de lágrima de Cartier (regalo envenenado de papá) y el mismo despertador, de 1945, que ha levantado a todas las mujeres de su familia. Nutrición para la piel de Lierac, la metáfora de que algo externo y libre la hidrata; un frasco de Miss Dior y el Lexatín. Siempre cree que la pastilla la toman las dos: el alter ego en forma de frasquito virginal y ella, la mujer que todo lo pudo tener.

María

La cama doble de matrimonio, con las arrugas de la última noche todavía sin alisar, impregnadas de Brummel cada día por su mano. Él sigue ahí. La colcha con flecos, que ha contemplado tantos silencios y preguntas con trampa. Colores marrones, beiges, algo de blanco ya sucio, los mismos años que el traje de novia. Las lamparillas iluminan los restos de cigarrillos, los cuatro que quedaron a medio fumar aquel día. Nunca los fumaba enteros. Y el reloj de cuero viejo, puesta al día la hora, implacable descontando el tiempo. Su lado lo ilumina la luz de la ventana interior, las caras de Jean Mansfield, de Marilyn, de Grace Kelly, tan hermosas como momias. El libro de Allende acompañando al de Marcela Serrano, historias de mujeres como ella, con camisón ya endurecido, que empotra su cuerpo contra el otro lado, buscándolo, preguntándose cómo un ser humano puede dejar tanto hueco.

Damián

Un catre de marine. La pared parece continuarse con la colcha, color tortuga, perfecta alineación la del embozo, lleno de restos de carboncillo y algún glóbulo rojo. Hay huellas de botas sobre las mantas, hijas de la misma postura: acuclillado, la cabeza sobre la hoja o sobre los cinco dedos. Rodeado de recuerdos de guerra, cintas desvirgadas de Metallica y Manson, cutters, anillos con fechas de otros, cómics de BloodRayne, los Weird Tales de Margaret St Clair, varios ejemplares de las Cenizas de Lovecraft y un atrapasueños tendido en el suelo, reposando las pesadillas. Le gusta ponerse unas gafas de mujer, felinas años 50, antes de dormir. Graduación de 10 dioptrías y visión distorsionada de la habitación, tan extremadamente limpia con el amoníaco, tan afectada de otros aires distintos de los de él, gentes que habitaron ese sótano y quedaron atrapadas allí, imborrables por detergentes, limpiacristales o esos exvotos mejicanos que él colecciona, la Santa Muerte en plena pasión y éxtasis. Antes de soñar, el último gesto: doblarse las pestañas con un rizador rosa, aligeradas del peso que soportan todo el día.

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