Karoo Teatro

Teatro de cicatrices. Habitado por personajes que se esfuerzan por vivir para taparlas

KAROO

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@ Carmen Garrido

Los desiertos, desde que amanece hasta el ocaso, son lugares que pueden concentrar la mayor belleza, al tiempo que su atmósfera se vuelve irrespirable y desafiante. Son plazas que conquistar, ya que alzan sus murallas contra los ocasionales visitantes, mostrándose como pruebas de vida; se extienden como caciques territoriales, que condicionan la vida y carácter de aquéllos que viven bajo su piel. Los hay tórridos, que acumulan salares en sus zonas bajas y clavan arenillas en los recovecos de las pieles; o fríos, que cincelan el carácter de la tundra. En ellos, no existe la perfección, tan sólo en la linealidad del horizonte. Sus formas se resquebrajan por la erosión, ya que son hijas del escultor más caprichoso: el tiempo. El temperamento se quiebra por los vientos o se blinda tras la escarcha.
Los hombres tenemos heridas profundas que asoman como vestigios imperceptibles a los ojos de los demás. Unos las ocultamos tras metros de gasa, otros les ponemos la máscara del humor, otros dejan que sigan supurando para tener un motivo por el que vivir o, tal vez, porque les es imposible cerrarlas. Dolor que navega soterrado durante mucho tiempo pinzando las sienes, ahuecando los hombros, agrietando la sonrisa, doblando atlas y axis, agotando al impostor que sonríe para ser aceptado dentro de la manada. De vez en cuando, una gota de sangre, un quejido que camufla el llanto, un recuerdo que despierta lo adormecido, o un golpe certero deja entrever la furia largamente contenida en esas cicatrices. Cuando eso ocurre, el ser humano tiene dos posibilidades: esconderlas siguiendo la mentira de la normalidad de su existencia o dejarse llevar, agonizando durante años hacia la muerte, que es quien, al final, resuelve los dilemas de la vida.
El escenario es ese gran muestrario de cicatrices. Un espacio compartido, durante un lapso de tiempo pactado, por personajes que se esfuerzan en taparlas, en sobrevivirlas, pocas veces encarándolas. En su mayor parte, las disfrazan sin darse cuenta de que las heridas siguen supurando y ellos viven dentro de ese desierto donde sólo se escucha el aullido del dolor. Los espectadores las reconocen, escudados en el silencio. Mientras, los personajes deberán optar por la batalla y reabrir las suturas o esperar en vano que alguien les salve de las murallas que el terreno baldío ha alzado contra el intruso.

Daniel Dimeco                 Carmen Garrido

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